Yo no nací siendo una Diosa Vikinga. No os engañéis, nadie nace siéndolo (salvo las Diosas Vikingas, que se crearían a sí mismas o se formarían a partir del martillo de Odín, o del de Thor, ¿o eran el mismo? O salvo que seas la Pataky, encarnada en una actriz y buscando al Thor de esta reencarnación). En mi caso, nací, crecí y me reproduje sin tener ni la menor idea de que existían las Diosas Vikingas; lo más parecido a un semidiós nórdico que conocíamos era Vicky el Vikingo, no digo más.
Y si no sabía de su existencia, mucho menos podía imaginar que podía llegar a ser una de ellas. ¿Yo, poderosa? El único momento de mi infancia en que me sentí poderosa fue un día en el que, harta de que se metieran conmigo la hija de la tutora y sus amigas del alma, me paré en seco mientras me perseguían increpándome y al hacerlo impulse el paraguas (abierto) para atrás y les hice caerse. No sé quién se sorprendió más, si ellas o yo. Por un instante, se abrió ante mi EL CAMINO DEL PODER, que se cerró al día siguiente cuando la tutora dedicó la hora de matemáticas a hablar del “conflicto” causado por “cierta persona” y que debía ser “solucionado” de inmediato. La solución consistió en dedicar la hora a ponerme a caer de un burro (las niñas), seguida de un conmovedor sermón (la tutora) acerca de cómo debía ser una buena niña y aceptar los “intentos de amistad” de las demás. Ni que decir tiene que el camino del poder quedó cerrado, vallado y con un candado de siete cerrojos.
El resto del tiempo lo pasé intentando encajar/pasar desapercibida/tener amigas a lo “Torres de Malory”. Las tuve , pero estaban igual de perdidas que yo, recorriendo un camino de baldosas amarillas en busca del príncipe encantado que nos haría vivir cantando y bailando de camino a nuestro trabajo de ejecutivas a lo Melanie Griffit. Porque eso sí, teníamos que triunfar y para ello, había que trabajar fuera, tener éxito, mantenerse joven, fuerte y bella o vendrá la bruja y se llevará al príncipe.
Y asi llegamos a la treintena, se celebró la boda real y empezó la senda del SE TE PASA EL ARROZ. Historias tremendas y sobrecogedoras acerca de mujeres egoístas que habían postergado el momento de tener hijos y ahora pagaban las consecuencias (las pagaban ligeramente, que los tratamientos de fertilidad cuestan uno o dos riñones, según la duración). Por supuesto, seguimos las instrucciones, tuvimos hijos, seguimos trabajando y haciendo malabarismos diarios para intentar llegar a todo.
No funcionó, por supuesto. Comenzamos delegando la educación de nuestros hijos en abuelos, colegios, clases extraescolares y campamentos de verano, continuamos reduciendo nuestras jornadas (y nuestras posibilidades de carrera profesional) y terminamos por hacernos pequeñas, muy pequeñas, hasta casi desaparecer.
Terminamos por “fracasar” con nuestros hijos, nuestros trabajos, nuestros príncipes… y llegaron los divorcios, los psicólogos, la búsqueda FUERA de lo que (SPOILER ALERT!!!) teníamos DENTRO.
Pero ¿sabes? Esa búsqueda está repleta de anécdotas, de vivencias y de días grises, azules, amarillos… y sobre todo de HUMOR. Y este es el espacio en el que voy a contarte mi búsqueda, la de mi vecina, mi hermana o mi compañera de trabajo. Incluso la tuya si me la cuentas. Este es un espacio seguro, no habrá nombres porque no los necesitamos (aunque habrá libertad para dar el tuyo, faltaría más), pero sí comprensión, escucha, sororidad (uno de los primeros post lo dedicaré a los “palabros” que ahora utilizamos como si no hubiéramos oído otra cosa en la vida) y sobre todo MUCHAS RISAS.
Y respeto, que somos DIOSAS VIKINGAS EN CONSTRUCCIÓN pero cada una de su padre y de su madre; aquí hay sitio para todas.


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