la carga mental, el «ejercicio de fuerza» de las vikingas

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Son las 6:45 y suena la alarma. Estoy dormida en aproximadamente veinte centímetros de una cama de dos metros, (como todos los días) con la cabeza semiapoyada en la mesita (eso es nuevo). Intento pensar en qué día de la semana es, para saber cuántos niños hay en mi casa y a qué hora entran. Están todos, hoy no hay posibilidad de «remoloneo». Antes de levantarme, pienso en si es día de gimnasia («mamáaaa, se dice educación fíiiiiisica»), si ayer preparamos la ropa (normalmente es así, salvo los días en que a la hora de ir a la cama estoy «muertamatá» y me convenzo a mí misma que es una buenísima idea el dejar el drama de la elección de ropa para la mañana siguiente… ¡infeliz!), qué extraescolares hay, cuántos comemos hoy en casa, si hay médico/dentista/reunión del cole/cumpleaños… Son las 7 de la mañana y en mi cabeza ya hay montadas tres o cuatro películas, algunas de terror («mamá, que se me olvidó decirte que hoy hay que llevar una cartulina azul hecha a mano en Kuala Lumpur»).

Sí, el inicio del día es intenso. Pero luego mejora… ¿verdad? A ver, es cierto que muchas veces estoy trabajando y mientras le doy a la tecla veo por el rabillo del ojo cómo se ilumina la pantalla del móvil que he dejado apartado y en silencio… ¿pasará algo? Lo cojo rápidamente y veo un número creciente de whatsapp del vikinguillo de 15 primaveras («Mamá-mamá-mamá-mamá-mamá… un mensaje por cada «mamá», hasta que conteste. Y pobre de mi como lo abra y lo «deje en visto»). Al desbloquearlo he visto de pasada el whatsapp de la clase… ¡tacháaaaaan! ¡232 mensajes!. ¡Host…! Y otro mensaje de la profe de gimnasia rítmica (y van tres esta semana) para la prueba del maillot, que es HOY a las 13.00 horas y previamente tenía que haberle probado el del año pasado para ver si necesita o no uno nuevo. Hay más, muchos más, pero decido volver al departamento laboral, que es el que paga el maillot, el colegio y la mayoría de los departamentos de mi «lavadora mental».

Uno de ellos, el «departamento de mantenimiento y reparaciones del hogar», ofrece un aspecto penoso. Me recuerda a una sala de interrogatorios con una bombilla medio fundida, en la que una voz en off (que se parece sospechosamente a la mía) me recuerda, con un leve matiz de desprecio , que he dejado pasar otro día SIN LLAMAR SIQUIERA para que vengan a reparar el grifo que gotea, la luz del salón que se enciende en modo discoteca, la preocupante humedad del techo del garaje…

Hay muchos más, todos dirigiendo mensajes internos, muchas veces amenazadores y que me hacen sentir pequeñita, desorganizada y que a pesar de estar todo el día corriendo, «no llego a nada»: ¿te suena, a que sí?

También tengo críticas externas; los departamentos peor valorados en este sentido son el de restauración (con el famoso «¿qué hay de comer?» seguido del «puajjjj, qué asco, otra vez verdura/pescado/cualquier cosa que no lleve tomate frito o kétchup») y el de avituallamiento y reposición de nevera, despensa y productos del hogar.

En este último se producen varios misterios que darían para una temporada del programa de Iker Jiménez (y para dos o tres entradas del blog). Digamos que una semana cualquiera se me ocurre comprar, por ejemplo, 6 unidades de actimel. Tengo cuatro niños y no a todos les gusta el yogur líquido (o eso pienso yo). Cuando a la hora de cenar se abre la nevera, TODOS quieren actimel. Hasta ahí bien, al fin y al cabo una, que es una experta en finanzas, sabe que 6-4=2. Experta en finanzas y más tonta que una mata de habas, porque ¡sorpresa! TODOS quieren OTRO Actimel. «Es que compras poquísimos, mamá, joer compra más».

En la siguiente compra, me llevo 12 actimeles. Hora de la cena/desayuno/merienda: vuelan. De nuevo hay quejas porque duran dos días y al tercero ya no hay. Vuelvo a Carrefour, donde me conocen, me llaman por mi nombre y nos falta irnos de cañas (todo se andará). Esa vez compro 24, riéndome internamente (¡esta vez no me vais a pillar, cabrones!). Ese día, en la cena/desayuno/merienda nadie quiere actimel. Ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro… Nos bebemos los actimeles entre el vikingo padre y yo. Y cuando se acaban, cuando he dejado de incluirlo en la lista de la compra, llega una cena/desayuno/merienda en la que se oye ¡jo mamá, ¿no hay actimeles?!

Mención de honor merece el departamento de suministros de ropa. En esta casa hay algún ente que se alimenta de calcetines, ropa interior, horquillas y gomas del pelo. Da igual cuántos compre, NUNCA hay. Este departamento está empezando en esta etapa de la vida a desarrollar un discurso nuevo y demoledor: «mamá, es que tú no tienes ni idea, ESTO es de los 80» (esto = cualquier cosa que proponga, me guste o en la que discrepe de la opinión de los vikingos semiadultillos de esta casa). No me digáis por qué han elegido esa década como sinónimo de mal gusto, pero así es. Si tienes adolescentes en casa, lo habrás oído ya. Si tus hijos son pequeños, agárrate que vienen curvas.

Y así, entre baños, tareas, algún que otro grito… (lo sé, maaaal, muy mal, pero de eso hablamos otro día), el imprescindible «tiempo de calidad» que hay que dedicar a cada hijo en prevención de posibles traumas, alimentar su autoestima, estar atento a las posibles señales de algún problema que no te cuentan, cuidar de la pareja, dedicarnos tiempo, hacer sentir al otro que sigues viéndolo… entre montañas de ropa por colocar , platos que lavar y niños que educar (y risas también, menos mal).

Si me estás leyendo y no tienes hijos, sé que también tienes tu «lavadora» puesta. Con otras historias diferentes, pero en la mayoría de los casos con el mismo diálogo interno (que más que un diálogo son broncas en toda regla que nos echamos a nosotras mismas). Un diálogo dañino, innecesario y que por supuesto no consigue que llegues a todo, porque ES IMPOSIBLE. Seguro que hay muchos días que te extrañas de estar agotada a las 10 de la noche, porque a pesar de todo lo que has pensado, decidido, organizado y resuelto, piensas «si no he hecho nada hoy».

Ahora es cuando tendría que activar el «modo gurú» y decirte: «Tenemos que empezar a tratarnos bien, a ser con nosotras mismas, como mínimo, igual de comprensivas y amables que con los demás.» Pero aunque es verdad, eso no nos basta. Estoy en el mismo bando que tú y sé que no es nada fácil con dos frases cambiar dinámicas; son muchos años de hablarte como si fueras tu peor enemiga.

No obstante, lo que sí te voy a decir es que NO tenemos que normalizar el sentirnos absolutamente drenadas de energía día sí día también. Y la buena noticia es que hay herramientas para ello.

Se me ocurre que podemos empezar por verbalizar esa carga silenciosa, por compartirla. A mi esta parte me cuesta mucho, por un sentimiento de «valía» mal entendido: si no me necesitan, es que no valgo.

En este momento estás pensando «¿pero cómo no vas a valer?» o «con todo lo que haces… ¡tú sí eres fuerte!». Y lo estás pensando porque eres una persona comprensiva, buena y generosa… con los demás. Así que empieza a pensar en ti como esa amiga del alma que te pide consejo. Mírate «desde fuera» y con cariño. Cuando tengas la tentación de tratarte como una mierda, pídele a alguien que te quiera bien que te escriba qué piensa de ti. Mejor por escrito (whatsapp, por ejemplo), porque así puedes leerlo las veces que te haga falta.

Y pásate por aquí. Este va a ser siempre un espacio para compartir experiencias, empezando por la mía. Nadie te va a juzgar. Te recomiendo que te suscribas si no lo has hecho, porque ahora que ya somos un número considerable, mi idea es enviarte recomendaciones, recibirlas y en definitiva que ésta sea una comunicación más bidireccional.

Ahora bien, este es un departamento nuevo, se llama «Anabel, por fin has decidido escucharte y pasar a la acción» y necesita saber de cosas como «hosting», «plugins», «emailmarketing», «migraciones»… En este departamento por el momento sólo hay una pringada mirando una serie de pantallas y decidiendo si pulsa el botón rojo o el azul (con lo fácil que sería irnos todas de cañas). Esperemos que no se cargue nada; por si acaso, os pido un poco de paciencia.

Os dejo, que estoy deseando meterme en la cama porque estoy agotada. Y no sé por qué, si no he hecho «nada» en todo el día.


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8 respuestas a «la carga mental, el «ejercicio de fuerza» de las vikingas»

  1. Avatar de Marta
    Marta

    Bravaaaaaaaaa!!! Me he cansado solo de leerte. Eres el reflejo de nuestras mentes agotadas y agitadas ???

    1. Avatar de De mayor quiero ser DIOSA VIKINGA

      Si es que lo peor de todo es que terminamos el día y de verdad pensamos “¿pero y por qué estoy cansada, si no he hecho nada?”. Cada vez que decimos eso, muere un hada, (o se pasa al lado oscuro de la fuerza, harta de nosotras). ¡Haz el ejercicio de poner por escrito tu día y ya verás!

  2. Avatar de really9387a05daf
    really9387a05daf

    Totalmente identificada, por desgracia.

    Hay días en los que me falta el aire ya a las diez de la mañana y todo por la carga que yo misma me echo a las espaldas.

    Es súper importante aprender a priorizar, delegar (cuando se pueda) y sobre todo …RESPIRAR y no sentirnos mal por ello.

    Si nosotras estamos bien, todo nuestro alrededor estará bien ?

    1. Avatar de De mayor quiero ser DIOSA VIKINGA

      A mi me ayuda mucho contarlo. Hablar (o escribir) sobre ello, tomárselo con humor y sentirte comprendida. Verás como en la próxima crisis de actimeles en mi casa hay menos tensión y más risas.

  3. Avatar de happypleasantlydc206cd1c6
    happypleasantlydc206cd1c6

    Por fin!!! Suscrita!
    No suscrita a los actimeles, ni al maillot ni a la cartulina azul… pero sí a otras cosas…
    Cansada de reirme con tus letras, Anabeliña!!!

    1. Avatar de De mayor quiero ser DIOSA VIKINGA

      Jajaja por fin!! Siempre hay algo, pero es fundamental tomárselo con humor!

  4. Avatar de Esther

    Me ha encantado, tanto que hasta se lo he leído a mi compi de trabajo, creo que todas nos vemos reflejadas, tu forma de escribir es genial =)

    1. Avatar de De mayor quiero ser DIOSA VIKINGA

      ¡Gracias bonita, por leerme y por compartirlo! Que tengas un día “ligerito” ?

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