La semana pasada nos quedamos en el pozo del agotamiento crónico. Estar SIEMPRE cansada es lo que tiene, que va cavando un hoyo cada vez más profundo, un agujero en el que estás más sola que la una, porque resulta que hemos normalizado de tal forma el vivir en un Walking Dead constante que ya ni siquiera se te ocurre la posibilidad de salir de ahí.
«¿Estás inmersa en la rutina, en los problemas, problemitas y problemones? ¿Te levantas cada día a lo «Atrapado en el tiempo» (si no has visto esa peli, ponte a ello nada más terminar de leer y si la has visto, también. Te va a alegrar el día.) ¿Visualizas una isla desierta y te ves a ti misma durmiendo como un oso en hibernación?» Seguro que al leer esto (además de haberlo leído mentalmente con voz de presentador de teletienda) te has ido animando al pensar que te iba a poner aquí una fórmula mágica… ¡somos Vikingas, no hadas madrinas!
Por suerte para ti, no estás sola en esto. Somos muchas, muchísimas, tantas que se ha desarrollado un auténtico «mercado» alrededor de nuestro cansancio, nuestro agotamiento y nuestra falta de energía. Hay tantas opciones, que no sabe una ni por dónde empezar. Si tú tampoco lo sabes y estás tan perdida como yo, quédate aquí porque vamos a ir probando cositas en esta y otras entradas, «a lo Diosa Vikinga» (con su poquito de humor, que lo que sí vale PARA TODO es la risa).
La recomendación número 1 para el autocuidado es, sin duda, el ejercicio físico. Ahora es «ejercicio de fuerza», antes era ejercicio sin más. Por todas partes nos llueven estudios de gente sesuda y expertísima que te resumo de forma muy básica: se puede vivir sin hacer ejercicio, pero vas a llegar hecha un cromo a «ELDORADO» (la edad en la que ¡al fin! podremos dejar de currar. Que a este paso no sé yo…)
De modo que una, que es muy obediente y sigue las reglas de todo quisqui (excepto las propias, esas me las paso por el forro; así me va) durante años estuvo forzándose periódicamente a apuntarse (y desapuntarse) a algún gimnasio en el que repetía una y otra vez el mismo ciclo: actividad nueva, echo el bofe un par de meses y me fustigo con el consabido «esto se me da fatal», me aburro como una ostra y a otra cosa mariposa.
Y es que la parte social del gimnasio me toca la moral, la verdad. Nunca he hecho amigos allí, bastante tenía con respirar, sentirme como una mierda y pensar que todo dios estaba pendiente de si hacía diez abdominales o cuarenta (eran diez e imagino que a la gente se la sudaba completamente lo que yo hiciera). Excepto una vez que me apunté a un entrenamiento personal con otras tres chicas que no conocía de nada y nos lo pasábamos teta, pero tenía más que ver con las cañas de después que con las clases (de hecho todas lo dejamos tras unos meses).
Recuerdo con horror el día en que, tras una semana anunciando una «sorpresa que os va a encantar» anunciaron la implantación de un sistema de motivación que consistía en que semanalmente apuntaban en una pizarra (que ocupaba toda la pared y que todo el mundo veía durante todo el tiempo que pasaba allí sudando la gota gorda) los tiempos/pesos/lo que fuera de cada una de las personas que allí asistíamos. ¿A que no adivináis quién era cada semana LA ÚLTIMA en todas las variedades de ejercicios? Síiiii, la menda lerenda, en una suerte de vuelta a la clase de gimnasia (mamáaaa, educación fíiiisica) del instituto, allá hace mil o dos mil años. A las tres semanas, uno de los días que me tocaba ir pensé «¿y si en vez de ir al gimnasio me tomo un vino con una tapita de salchichón?» y ese fue el fin.
Pero claro, el mensaje seguía ahí, por todas partes, y por supuesto el cargo de conciencia, LA CULPA (próximamente en su blog favorito). Hasta yo reconozco que el ejercicio es salud, que te ves mejor y te sientes mejor cuando te mueves en condiciones. (Bueno, esto último si practicas algo que te guste, porque a mi las clases de step, o de gap o de boxingmierding, me aburren tantísimo que hasta mi cuerpo se rebela y salgo más tensa de lo que entré). Durante la pandemia empecé a probar con las clases online y eso sí me funcionó algo mejor. A ver, tampoco es que estuviera deseando que llegara el momento de ponerme frente a la tele, pero como ahí sí que puedes elegir una duración más razonable (20-25 minutos son mi límite) y estás segura de que no te mira nadie, fui constante durante algún tiempo.
Un buen día, me decidí a seguir el consejo de una sabia amiga que me ha recomendado mil veces que haga yoga y medite. Aunque la idea de sentarme en un cojín en silencio (¿en silencio? ¿en mi casa?) me parecía absurda, tenía poco que perder, hay mil meditaciones gratuitas y necesitaba poco tiempo (las hay incluso de tres minutos). De modo que cogí la colchoneta, la planté en el salón con un cojín en el suelo (ante la estupefacción general de los habitantes de esta casa), me puse los cascos con cancelación de ruido y ¡hale!: A MEDITAR.
Las primeras veces fueron UN DESASTRE. En el momento en que empezaba a oír la «voz en off» que me decía que me concentrara en la respiración, mi mente ya estaba poniendo una lavadora, pensando en qué faltaba en la nevera (¡putos actimeles!) y mi cuerpo se tensionaba de tal forma que me levantaba como impulsada como un resorte. Por no hablar de las interrupciones («mamá, ¿y mis calcetas?» «¿has mirado en el cajón de las calcetas?» «no, voy a ver»). Con todo en contra, decidí que meditar no era para mí (próximamente en su blog de cabecera: meditar SÍ era para mi).
Y seguí agotada, claro está. Hasta que un día me levanté y no podía mover el brazo. Vamos, podía pero me dolía un huevo. Y el cuello, y la espalda… Después de años de pasarme por el forro las señales (y a mi hermana, que me habrá dicho unas mil quinientas veces que fuera al fisio), me decidí a dos cosas: ir al fisio y encontrar algo que de verdad fuera para mi. Lo primero fue fácil (aunque iba acojonada imaginando complicados aparatos diseñados para torturar); lo segundo me costó más.
Después de muchas vueltas me suscribí a una plataforma online de yoga (eso que yo me negaba a hacer porque «cómo voy a sentarme en el salón a lo indio con tres lavadoras por poner y bla bla bla…»). Y me decidí porque cada vez que pensaba lo de las lavadoras y tal me daban ganas de gritarme a mi misma (¡COÑAZO DE TÍA!). Empecé y oye, me gustó. Una vez que aceptas el hecho de que JAMÁS vas a conseguir la postura que tiene la de la tele, la verdad es que relaja, estiras músculos que no sabías ni que tenías y sobre todo, no estoy mirando el reloj cada minuto y medio para ver cuánto falta para acabar.
LECCIÓN Nº 2 (espero que como buena Vikinga que eres, recuerdes la Nº1. Pista: qué suerte, Maribel): prueba el yoga. Hay períodos gratuitos en mil plataformas y modalidades para todos los gustos; escoge la que más te convenza y empieza.
En mi plataforma (Blue Bamboo) también hay sesiones de meditación, talleres sobre hábitos, sobre autocuidado. En uno de ellos escuché por primera vez a María Fornieles. María es coach, hace y dice cosas maravillosas con una voz que relaja nada más oírla y me decidí a hacer unas sesiones con ella. En la primera sesión lo primero que me dijo fue «vamos a empezar con una pequeña meditación». Como una es muy educada y está tristemente acostumbrada a callarse todo, no le dije «no por dios». Y menos mal, porque en tres minutos, tres respiraciones y tres frases suyas, consiguió que me relajara, me abriera y empezara EL PROCESO. Ahí sigo, pero en tan solo un mes, han visto la luz este blog y por fin va tomando forma otro proyecto que he tenido demasiado tiempo dormido (y que verá la luz a finales de este año o principios del que viene; por si tienes curiosidad, lo iré compartiendo en mi instagram, @_anabelvaliente_).
Y como este blog es algo vivo y quiero que te sirva para algo más que leerme y descojonarte una vez por semana, he pensado en incluir recomendaciones de cosas que me hayan gustado, que me hayan servido o simplemente que disfrute. La idea en un futuro es que estas recomendaciones formen parte del contenido para suscriptoras; todo se andará (recuerda que estoy yo sola al otro lado de la pantalla y que LA CARGA MENTAL existe).
Hoy por ser la primera vez, te voy a dejar una recomendación doble:
- La primera, un Programa de María Fornieles que empieza el 9 de diciembre, dura 21 días y se llama «Transforma tu diálogo interno» (con ese nombre, no me digas que no te pondrías a ello YA). Es online, sólo son diez euros y seguro que te llevas herramientas para empezar a trabajar en ti misma, QUE YA ES HORA HIJA MÍA. Yo ya me he apuntado, así que si lo haces nos veremos por allí. Te dejo el link para que no tengas ninguna excusa: https://www.mariafornieles.co/retos
- La segunda, (atención, locas de la papelería, que sé que somos muchas): cómo voy a hacer un reto de 21 días sin UNA LIBRETA NUEVA. La libreta que yo voy a utilizar es esta: https://vaivenmultibrand.com/collections/cuadernos/products/cuaderno-hanji-a5. Vaivén es la tienda online de otra María (@lasencilla.m) de la que me compraría TODO.
(No colaboro con ninguna de las dos Marías, no me pagan ni un euro; ya quisiera yo que me pagaran por cuidarme, por utilizar cuadernos, bolis y boniteces varias y por escribir. Incluso por escribir sólo, pagando yo los bolis y libretas).
Espero que hoy te lleves algo al leer esta entrada. Que te sientas comprendida, que se te encienda alguna bombilla con algo de lo que te cuento o te apetezca probar alguna de las herramientas que te sugiero. Por supuesto, si tienes alguna recomendación, alguna experiencia que hayas compartido, si has probado algo para cuidarte que te ha funcionado o si tu también has sido una sufridora de gimnasio… cuéntalo en comentarios o escríbeme, que compartir es de vikingas, ya lo sabes.


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