¡Ay la culpa! Ese enemigo silencioso que te hace sentir como una auténtica mierda cada dos por tres… ¿Enemigo? ¿Silencioso? Dicho así parece algo externo, maligno, que nos amarga la existencia y contra lo que no hay nada que hacer, ¿verdad? Pues yo te digo NO, MARIBEL.
Pongamos un ejemplo de manual (el manual de las tontas del haba que creen que cuanto más hacen, más las necesitan y más las quieren, ese puto manual que hemos acogido entre nuestros amorosos pechos como si fuese la Biblia).
Un martes cualquiera, son las 20:00 horas y los vikinguillos están POR FIN en proceso de baño y aseo. Previamente te has pasado la tarde recorriendo las calles de tu ciudad, patrullando más bien, recogiendo y dejando niños (todos están en casa, no te has dejado por ahí a ninguno, bien por ti). En la cabeza, las lavadoras por poner, millares de recados que se acumulan en la lista que tienes en las notas del teléfono (sólo te ha dado tiempo a hacer el dúo estrella: farmacia/papelería para EL MATERIAL urgente para antesdeayer del cole, melón que abordaremos en su momento), la cita médica que otra vez vas a posponer y los ¡ay dios, ¿¿¿ le tocaba vacuna este año???).
Entre los pasajeros de esa tarde hay dos modalidades. Hay una que NO PARA DE HABLAR NI UN SEGUNDO. Ni uno. Además, conforme avanza el monólogo, va subiendo el tono, no por enfado sino por la alegría que inunda su cuerpo con cada palabra que pronuncia y que es escuchada con la atención que corresponde. Entra en un bucle de exaltación y felicidad un tanto peligroso, porque SE VIENE ARRIBA. Y no te puedes distraer, no; cada dos o tres frases hace una pregunta de control (¿a que sí, mamá?).
Se baja radio patio y sube EL GRINCH. «¿Qué tal hoy en el cole?»- «Bien» – «¿Bien, no me dices nada más?»- «No». Ya aquí puede haber variedad, a modo de «Elige tu propia aventura» (por dios, decidme que recordáis esos libros, que si no me siento viejísima). Opción A: intentas sacar algo más de ahí. Ve a la página 63, donde directamente te aparece un brazo haciéndote un corte de mangas colosal. Opción B: a callarse. Dirígete a la página 8 y gestiona los pensamientos derrotistas y agoreros que empiezan a poblar esa cabecita tuya (qué estoy haciendo mal, si antes no paraba de darme besos, le pasará algo, ay madre si se meten con él o algo así LOS MATO, mañana mismo pido tutoría…)
El caso es que entre idas y venidas, silencios y monólogos, a las 20.00 de la tarde tienes la cabeza como un bombo y estás deseando meterte en la cama. Terminas con tu ritual de aseo, te diriges a la cocina para rematar el día y te encuentras con: el baño hecho una mierda, toallas tiradas por el suelo, ropa en las escaleras, en el salón, en el pomo de la puerta AL LADO de la cesta de la ropa sucia. Zapatillas gigantes dejadas caer a su amor JUSTO DEBAJO del zapatero. Caos, desorden y en ese momento viene alguien, quien sea, diciéndote: mamá, tengo que llevar mañana una cartulina azul, ¿tienes alguna?.
El de la cartulina (en mi casa suele ser «él») se lleva la del pulpo. Se lleva los silencios, los monólogos, las películas varias que te has montado a lo largo de la tarde. Las toallas, la ropa, las zapatillas… Todo se convierte en un espíritu maligno a lo Cazafantasmas, que te posee y se arroja contra el infeliz que tienes delante. Que con buen criterio, se da la vuelta sin decir ni mú, recoge sus zapatillas y se aleja procurando que no se oigan ni sus pisadas.
Y ahí te quedas tú, con tu cabreo monumental, sí, pero también con una molesta sensación que comienza a abrirse paso lentamente y una aún más molesta vocecilla que empieza a darte por el orto: «Él no tenía culpa de nada». «Estabas sobrepasada y lo has pagado con él». Jodida listilla, dónde estabas hace un minuto. Para rematar la faena, la listilla/voz-interior-cabrona empieza a proyectar en la gran pantalla de tu mente, con la música de «Aquellos maravillosos años», imágenes del vikinguillo cuando decía «lintejas», cuando te daba besos y cuando aprendió a andar. Todo muy lacrimógeno y bien de «qué hija de puta eres».
Pues a ver, querida vikinga. Algo de razón tiene, no demonicemos a la voz-interior-cabrona/culpa . Nos señala por dónde NO: por mucho que en ese momento desees tener en tu poder una cartulina azul para rompérsela en sus narices, porque sí, se lo merece, NO puedes descargar todo lo que llevas acumulado por una gilipollez semejante. Le dices que no tienes cartulina, que se busque la vida y que como le pongan mala nota encima se va a quedar sin móvil. Y sigues tu camino, digna, Diosa vikinga que camina sobre las aguas y resuelve las cosas con madurez y elegancia.
La voz-interior-cabrona/culpa te indica, muy amablemente, que no puedes llegar a ese nivel de frustración y estrés. Delega, deja de montarte películas y si ves unas zapatillas tiradas, ve a donde esté su propietario (tumbado en el sofá) y pónselas encima. En el caso de las zapatillas, funciona. Si es un abrigo, no te molestes: se arropará con él.
Para eso única y exclusivamente sirve la culpa. Para nada más. Ya la rumiación, el dramatismo y la sensación de fracaso la añadimos nosotras. A ver, que no está bien que saltes de esa manera, pero somos PERSONAS. Aún somos humanas (en camino a la divinidad), y por tanto nos equivocamos, pedimos perdón y seguimos adelante. No pedimos permiso en el trabajo para llegar un poco más tarde y comprar la puta cartulina azul, no nos machacamos con lindezas varias que no le diríamos ni a nuestro peor enemigo, no descendemos varios peldaños en nuestra autoestima. Pedimos perdón, porque la culpa nos ha dado el aviso de que nos hemos pasado siete pueblos y a otra cosa mariposa.
Todo esto trasládalo a cualquier situación en la que sientas culpa: tras un día estresante de trabajo tu pareja llega y te dice «¿no hay huevos?». NO le das una patada en los suyos, NO le pones la maleta en la puerta, NO gritas (bueno, un poquito puedes elevar el tono). Muy elegantemente le dices «no, vamos a decirle a Bautista que se encargue de comprar mañana cuando lleve el Rolls a la revisión». Te das la vuelta, te abres un vino y los gritos los dejas para cantar y bailar al ritmo del mítico I will survirve. Te lo dejo enlazado por si en estos días te quedas sin huevos o te piden cartulina azul.
Y echas un ojo a la recomendación de hoy: las visitas virtuales del Thyssen. Puedes hacer una visita gratuita, a tu amor, haciendo zoom sobre lo que quieras ver en detalle (un gustazo) o la guiada (5 euros). Agéndate una hora esta semana para esto, (que nos conocemos y si no SIEMPRE hay algo más importante) coge tu tablet/móvil/ordenador (no digo tele porque suele estar en un espacio común y este momento es TUYO) y dedícate a disfrutar de la belleza. Y la culpa, que se la lleve Bautista.


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